Hace un mes escribí un artículo aquí. Le habíamos ganado a Ecuador en Quito, y me desfogué en un texto de 1185 palabras. No me arrepiento de ninguna de ellas, pues expresan lo que sentí en aquel momento. Las leo y vuelvo a experimentarlo, recuerdo mi euforia y la sensación de ya estar adentro del Mundial. Hace un mes cerré dicho artículo con esto:
"Quién sabe, quizás dentro de un tiempo, aquella máxima (Jugamos como nunca, perdimos como siempre) desaparezca, y sea reemplazada por la seguridad que poco a poco, nos brinda esa selección que ya no son cuatro fantásticos, ya no es Guerrero y 10 más, ni siquiera Farfán y 10 más, ahora son 11 jugadores a los que tenemos en cuenta. Quizás esta generación tenga motivos suficientes para soñar, y unirse todos a pensar que Rusia 2018 no está tan lejos como pensábamos."
Como decía, solo un mes nos separa de la hazaña, pero la angustia de jugar ya esas dos fechas hicieron que todo transcurra más lento. Mientras más cerca estábamos al temido mes de octubre, más tensión se vivía en todo el Perú (o para ser precisos, en la capital). Hace años que no llegábamos a la última fecha con vida. Hace años que terminábamos la eliminatoria como meros espectadores, deseosos de que aquellos triunfos ante Bolivia valieran de algo más que de adorno. Es más, hace años que deseábamos que el estadio Nacional esté lleno en aquella última fecha. Pero quizás estas circunstancias que rodearon los procesos anteriores se debieron a algo innegable; nadie creyó en ellos. Y bueno, esto se sostiene en otra verdad; nunca nos dieron motivos para creer en ellos.
Y es precisamente sobre este rendimiento del que hay que hablar. La selección peruana ha sido irregular, pero justificado en que el proceso tuvo un punto de quiebre, fácil de reconocer además. La Copa América Centenario ayudó a Ricardo Gareca a tomar la decisión más díficil de todo el proceso; escoger un nuevo grupo. Cuando fuimos a la CAC (así me referiré al torneo de aquí en adelante) estábamos prácticamente eliminados. Ese grupo fue elegido para reforzarlo mirando a la siguiente eliminatoria mundialista. Y la prueba de fuego fue tremenda, definiendo nuestra clasificación contra Brasil, eliminándola
Desde aquel momento, se notó un cambio tremendo en la selección. Ganas de jugar, ganas de salir a matar. Desde aquella Copa América solo hemos perdido dos veces, contra Brasil en Lima y contra Chile en Santiago. Claro, la derrota contra Bolivia no la contaremos, pues probablemente sea de esas derrotas desastrosas que solamente un equipo peruano pueda tener. Sin embargo, exceptuando esas derrotas, el trabajo de "el Flaco" ha sido visible, tanto en rendimientos como en resultados. Los rendimientos de jugadores como Carrillo o Cueva, los caseritos de las críticas, se han vuelto los baluartes de Gareca. Quizás la transformación de Cristian Cueva sea mucho más notoria; pasando de Alianza Lima (al comienzo del proceso) y terminando en el Sao Paulo de Brasil.
Y ojo, Cueva es solo lo más notorio, pero de todo el proceso. En cuanto a Eliminatorias, solo hay alguien a quien mirar; Paolo Guerrero. Dejando atrás (un poco) esa fama de niño llorón, Paolín desapareció para convertirse en el capitán de la selección. Ya no tenía a un Pizarro para competir, era él el indiscutible líder del equipo. De alguna forma, esto ayudó a que su rendimiento fuera óptimo. Es a quién nunca le criticaremos la entrega, porque realmente lo deja todo en la cancha.
Nos ahorraremos las últimas semanas resumiéndolas en lo que han sido; semanas de angustia, de emoción, de entusiasmo, de Todos somos Perú, de comerciales de Movistar Deportes, del Contigo Perú del Zambo Cavero, y así tantas otras figuras constantes en la televisión o en la radio.
Y así, Gareca nos había devuelto la esperanza, al menos en la selección. Pero que no le sorprenda a nadie que ya lo voceen para presidente de la República.
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| Publicado en El Comercio (06.09.2017) |
Los gestos del técnico no son en vano, y el de arriba es el más común, los dedos índices en la sien indicando lo que deben hacer los jugadores en lugar de alborotarse después de un gol, pensar.
Ante Argentina y Colombia nos ocurrió algo que no suele sucedernos, conseguir resultados jugando mal. Y es que nos duele admitirlo, jugamos mal. Si los argentinos critican a Messi porque nunca da todo lo que sabemos que puede dar, podríamos usar esta observación para/con la selección; ninguno dio lo que sabemos que puede dar.
No hay nada de malo en esto, mientras se tenga en cuenta lo que se está sacrificando. No hay nada de malo en esto, mientras se sepa que el proceso vale más que el resultado de un partido. Ojo, me pongo en el peor escenario posible (sirve mucho tratándose del Perú) para ver en qué camino vamos, siguiendo la pauta de los dos últimos partidos de la selección.
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| Créditos: Eddy Ramos/ANDINA. |
Claro está, ahora nadie nos dirá nada. Ahora celebramos, ahora reímos, ahora Chile es la burla, pero para el próximo proceso eliminatorio rumbo a Qatar ojalá no nos toque llorar a nosotros, ojalá no reclamemos la falta de fair play. Ahora confíamos en Guerrero y 10 más Pierre Manrique dixit, en Gareca y sus replanteos, y por qué no, en los relatos de Peredo, Pedro Eloy García en la cancha y los
Hoy celebramos esos dos empates con sabor a triunfo, y pensamos que ante Nueva Zelanda todo cambiará. Creemos en eso, y me incluyo en ese creemos. Un mes nos separa del repechaje, y el tiempo ya parece volar. Esperemos que el tiempo no me dé la razón, pues pareciera estar en el dejavú del triunfalismo aquella vez merecido de la penúltima fecha doble.
Ojalá tengamos motivos para sonreír una vez más.






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